
Las cortinas de la casa están entrecerradas. Afuera el lago. A veces veo anuncios de cocodrilos en la tele, las cierro a pesar de la luz. La luna a esta hora debe comer todas las ondulaciones del agua. Adentro la música, el reloj que marca segundo a segundo estos segundos, este temblor.
La música de Tiersen, verano del 78. La música y las teclas parpadean, una, otra, como unas bailarinas caen dentro del teclado, como unas gotas mojan la pantalla y queda este dibujo de agua en forma de un compás desordenado, un poema sin nombre, un silencio sucio.
La música y las palabras se eluden, se desvían de su sitio original. Estoy hambrienta, me sudan mucho los pies. Las manos ya no saben hacia dónde temblar, pero no encuentro palabras para convencerlas de que se calmen.
El teléfono vibra, siempre yo con las mismas palabras.
- No sé que me sucede, aunque estoy mejor.
Cuelgo.
La conexión va y viene. Tiemblo, me sudan las axilas. Si mi hermano viene a saludarme el contacto con mi piel le da choques eléctricos. Ahora es el Vals de Amelie, me molesta.
Él dice que amará todas mis yos, teme que vuelva y sea otra. Pienso en cuanto he cambiado. Antes usaba esos calzones enormes, por nada del mundo me pintaría las uñas de negro ni elegiría un cigarro para relajarme después de largas horas en mi empleo.
Perdón, antes no había empleo, tampoco dinero para uñas ni calzones, ni cámara para fotografiar las injusticias, ni guitarra eléctrica, ni acústica. Antes era sólo yo con los pocos libros que me había robado de alguna biblioteca, con mis lagrimones patrióticos, con mi útero ahuecado cuando me extrajeron el cáncer.
Ya terminó el Vals, vuelve a sorprenderme Tiersen. Hoy es 28, y casi termina. No entiendo por qué no dejan de temblarme las manos, tampoco por qué abandono la prescripción médica: dormir mucho y comer una dieta balanceada. Hoy no me he bañado, me sudan las palmas de las manos.
No sé por que nunca caen gotas de sudor de otras partes de mi cuerpo, sólo cuando hacemos el amor. Recuerdo una vez que abrí la boca justo cuando de su nariz se desprendía una bolita liquida. Me tragué la gota.
Mi amigo dice que él debería cortársela y mandármela por correo postal. Así me curaría la abstinencia. Yo sería feliz, dejaría de temblar y de cerrar las cortinas e ignorar la noche. Creo que no comprende, necesito las gotas. El correo postal no resuelve eso, tampoco el correo electrónico.
Pepe se quejará de que use estas palabras tan modernas, electrónico, postal. Siempre se queja de eso. Tantos días sin sentarme en esta hoja en blanco. Se me depositan tanto en el estómago las palabras, por eso me baja la regla, es el peso de las palabras que no pongo en papel. ¿Cuál papel si todo es una subsecuencia ordenada de numeritos uno y cero?
Ya sé Pepe, el código binario no tiene coordinación poética, y quizás mi profesor de composición inglesa opine lo mismo, o algunos de los clientes asiduos del blog, los compañeros de trabajo de mi madre.
Durante muchas noches ya no soñaba nada, hasta este sábado. Se me cayeron los platos de las manos, vi como muy despacito la copita caía, hasta despedazarse contra el suelo. Ahí la dejé, y fui a decirle a mis jefes que quería irme a casa.
Toda la noche soñé que estaba en un barco, también en un baile con gallos. Una señora negra con muchos granos en la cara me dijo que si viajaría. Te irás, dijo, y disfrútalo porque morirás pronto.
Sandra dijo hace unos días que mi corazón está allá, lejos, y que me iría. Todos dicen que me iré, y yo no encuentro fe en ningún punto de la casa. Mis manos tiemblan y es como si en cada temblor mi fe se desprendiera, como en cada gota de sudor me desprendo de mí, me caigo.
No sé como doblarme despacito y guardarme en un cajón, junto a las sábanas que usamos este invierno. No sé como ignorar la luz de la luna, calmarme, hasta quedar así, helada, consumida en este silencioso letargo, en esta disputa que me susurra calma, calma, el viaje ya comienza, no tendrás que sufrir más.
Cierro los ojos y ya no sudo. Mi cuerpo está helado, hiede. Pronto despertarán todos en casa, no quiero pensar en los gritos de mi madre cuando me encuentren aquí, mejor abro las cortinas, los cocodrilos no pueden hacer mucho, bien dijo la negra que moriría muy pronto.