mayo 23, 2011

Crónicas estatales I

Empiezo a creer que éste es el estado de la repetición, que ésa es su condición esencial. Comer y comer, dormir y dormir, que se me acabe en dos días un rollo de papel sanitario, el dinero para comprar jugo de naranja y las manzanas.

También están los sueños, cada vez más disparatados, más persistentes. Aunque debo confesar que eso me lo gané por anteceder a esta situación con un libro de Doris Lessing en que contaba a detalle un suplicio muy superior y macabro. La novela se llama El Quinto Hijo y, aunque es maravillosa, no la aconsejaría para ninguna etapa previa a la obsesión de las semanas.

Ahora la vida consiste en comer y dormir, leer y escribir, todo mientras caen como gotas en mi cerebro las mismas dos preguntas, ¿se verá, latirá su corazón? Y aún faltan siete largos días con sus siete largas noches.

marzo 17, 2011

Calle 8 y Calle 13

Salí por primera vez de Cuba cuando tenía 11 años. Ese viaje, primer contacto con el mundo, me legó una lección esencial: no es lo mismo el Che Guevara que el hijo del Che Guevara, Camilo, que fue nuestro compañero en aquel mes idílico patrocinado por una provincia italiana que también decía: pobre Cuba, pobrecitos cubanos, vamos a pagarles para que conozcan Europa... No tuve jamás la sensación de corcho ni de exilio, sino que de yo era REPRESENTANTE de mi patria, de mi revolución y mi partido.

En México las cosas cambiaron. Nunca he sido representante de nada, una vez di un discurso sobre José Martí en una escuela primaria, no porque a alguien le importara lo que pienso, sino porque era la única disponible. Si acaso, me he sentido en la necesidad de NO representar el cliché sexoso-pornográfico que sacude a cada cubana que se para por acá.

Pero al llegar a la Calle 8 de Miami, esa noche de noviembre, con dos cervezas Corona en el estómago, las cosas cambiaron. Ahí estaba, parada en la mítica avenida que por años asocié con el capitalismo salvaje y vehemente devorador de voluntades. Ahí estaba, acostada sobre el capó de un carro, mirando la luna, disfrutando de la compañía de mi hermano Filio Galvez y soñando los dos con Nueva Orleans.

Nos fuimos un rato más tarde, cansados y aburridos, sin dinero para entrar en ningún bar ni en un concierto. Y el fantasma de esfumó, con la consigna tan simple de que yo me asumía como latinoamericana, de que no sabía nada sobre Fidel, porque era para mí tan encarpetado y plástico como los carteles de Mc Donald's que tenía en cada esquina.

Volví a México y descubrí Calle 13. La Perla, Querido FBI, Latinoamérica. Me enteré que la patria consiste en la felicidad de decidir qué comer, dónde abrazarte cada noche, sobre qué escribir, sobre qué callarte.

Estas dos "calles" han definido, de ida y vuelta, el camino que espero, me lleve a otras noches, en que vivir como uno piensa, y no como un manual estanilista, menos una revista Vanidades, sea, por lo menos, la rutina.