septiembre 24, 2007

Carta para Voi


Queridos amigos:

Esta vez haré algo que es inusual en mí. Siempre he sido amante de las cartas de amor, incluso puedo enorgullecerme de haber conquistado uno o dos tipos por mis improvisadas metáforas en secundaria, o mi a veces loca visión de la vida, plasmada en cartas intimísimas de las que tengo pocos recuerdos. Una vez, en bachillerato, hice una muy original, porque era un cartel enorme con un borde rojo, y en el borde escribí muchas frases cariñosas. Lo coloque en el pizarrón de la escuela, muerta de pena de que alguien me leyera. Pero era tan complicado estar mucho tiempo con la cabeza volteada tratando de seguir mi manuscrita que optaron por decir ¡qué chido! y largarse.
Esta vez es distinto. Esta vez Carlos existe, es palpable (lo sé aunque no le toque) esta vez Carlos existe y merece que les diga a todos ustedes amigos, que él nació para que yo le ame, o que, tal vez, yo nací para maravillarme con la forma en que toma un cigarro entre los dedos, o como frunce el ceño cuando discute y cree que tiene la razón.
Mi amiga se apareció en la cafetería y estuvimos juntas muchas horas. Ella lo llamó, ella tomó su teléfono, marcó su número y por alguna extraña razón el corazón comenzó a latirme con fuerza.
Yo sólo lo había visto dos veces. Lo más que recordaba de él eran sus ojos fijos, que me cortaron la voluntad aquellas dos veces cuando fue a mi escuela y me miró. Ella lo llamó, concertamos la entrevista y me fui a casa con un salto en el pecho. Si alguien pudiera hacer un recuento de lo mejor de su vida, o de cómo comienza lo mejor de su vida de la forma más banal, fue cuando conocí a Carlos. Quién sospecharía que aquel muchacho alto, que caminaba tan lento y parecía siempre cansado, sería este montón de letras que me alimentan la vida. Quién iba a sospechar que comenzaríamos a hablar de los tratamientos para el cabello, las bandas locales de rock, la mala técnica periodística, y después caminaríamos hasta el periódico donde me había emocionado tantas veces con algo de que verdad me llenaba, y que ahí nos miraríamos un segundo, y yo me sentiría cohibida por un hombre.
No necesito explicar mucho esto a las personas que me conocen. Sin embargo, muchas veces después le di vueltas al asunto. Soñé con el todas las noches siguientes durante un mes. Me tomaba de la mano, estábamos en la Habana, hacíamos el amor.
Cuando lo vi de nuevo pensé que toda mi adolescencia estaba viniendo de un golpe. Nunca, ni siquiera cuando no sabía nada de conquista masculina, me había empequeñecido tanto que alguien me mirara, que se fijara en mí y para colmo de maravilla viniera a hablarme, se sentara conmigo.
Tuvo que darse cuenta. Con una excusa muy barata le di mi número de teléfono, y por arte de magia en unos días olvidé pedir un dato y estuve forzada a llamarlo. Le dije: soy Peniley Ramírez, la alumna de tu papá. Respondió: hola Peni, claro que me acuerdo, ¿cómo estás?
Usaré una frase de Amelié, que queda bien porque Carlos es mi Nino. Sólo el descubridor de la tumba de Tuntankamón sabe como me sentí cuando él dijo que recordaba mi nombre.
Después vino la noche mágica, el recuerdos más hermoso de todo el continente americano. Salí de la cafetería a las dos de la mañana, después de atender al ultimo cliente y limpiar todo el lugar. Caminé las seis cuadras en silencio, escuchando Café Paola, de Habana Abierta. Me gustaba mucho el intro de piano y el solo de saxo, me gusta mucho el saxo, un saxo en una noche tranquila, en una calle consumida por la niebla no puede ser sino buen augurio.
Llegué a la casa sin sueño. Me bañé con la luz apagada, cosa rara porque en esos días le tenía un poco de miedo a la oscuridad. Ese hombre lleva medio siglo en la soledad de aquella mesa, ya casi es media noche. ¡Qué bien poder meterte en un rincón del tiempo! Y Habana Abierta y el saxo y la luz apagada y yo con uno de esos presentimientos de que algo grande iba a ocurrir. Estuve sentada un rato escribiendo, recuerdo que leí un poco y traté de arreglar el mundo con un amigo de otra ciudad.
A las cuatro y media sonó mi celular. Un mensaje que al principio no entendí. Se disculpaba mucho por la hora, y decía que si quería ir al aniversario de su banda. Ni siquiera lo pensé. Descolgué el teléfono, apreté las teclas y allí salió su voz, cortada por la pena, y la mía que era un hilito, y así nos dimos cuenta de que nos pensábamos. Le dije que me iba, que no se ilusionara conmigo. Quiero vivirlo, dijo, quizá no habrá después algo mejor en mi vida. Cuatro horas después confesó que moría de ganas de verme. Yo estaba embelezada con el sueño de las ocho de la mañana, después de toda la madrugada de saxo y teléfono y la sorpresa que aún no me dejaba en paz.
Nos besamos en la tercera vez. Me llevó al mar y me amarró por la cintura con sus brazos. Dijo que pelearíamos a los ochenta años. Dos meses después hicimos el amor. Dios existe. Una noche le dije que deberíamos terminar. Me pidió matrimonio. Otra noche le dije que lo extraño mucho. Dijo que vendrá a llevarme a París.
Y yo sólo escucho café Paola y se me enciende el rostro y se me humedece la entrepierna y Dios existe otra vez. Escribo ahora poemas de amor. Tengo un fondo de pantalla con una foto nuestra. Le dedico mis páginas, mis contraseñas, mis pensamientos y mis palabras, las lecturas de mis poemas y mis libros. Le dedico mis gastos mensuales y mis ahorros y mis deseos de anonimato y mis lágrimas y todos mis instintos sexuales reprimidos por la distancia.

He de desdoblarme una vez amor mío para que sepas que te pertenezco
He de desenvolverme de mi cuerpo y de mis letras para que me veas desnuda
y la humedad de mi piel diga las palabras que mis dedos no alcanzan a pronunciar
He de pertenecerte para dejar de ser esta bestia hurgando la inanimidad
este recorte de persona que hoy existe porque tú le amas.

Quiero agradecerles a todos, amigos míos, por leernos y sabernos tantas veces felices y tristes y juntos. Y a ti, Carlos, gracias por creer que un solo de saxo puede convertirse en una niña hermosa que se llame Carolina y sea hija nuestra, y gracias por hacerme creer en los milagros y en la vida. Felices siete meses, amor mío.

Te ama,

Lina de Voi.