junio 09, 2008

Dayana muerta: Primera versión


Aquí les dejo la primera versión de un cuentecito que estoy trabajando para una serie sobre homosexualidad y discriminación.
La idea de los minicuentos que trabajé hace poco me gustó y bueno este desorden de las mini-historias me parece que puede funcionar: ustedes dirán.


3
Nadie supo que Dayana ya estaba muerta. Y la verdad no los culpo. Ella nunca dejó de verse como una aludida por los dioses, una vistosa aparición púrpura que obstruía los sueños de los más puros del barrio.
Tenía quince años. Las calles estaban pintadas con su perfume a cuarto de fotografía, en todas las esquinas su tristeza de animal aéreo era comprendida como desvaríos del sistema, que inevitablemente paría productos no viables.
Dayana flaca, con la entrepierna morada y las palmas de las manos muy blancas. Dayana con la boca abierta y los dedos en la garganta de alguno que se dejara conquistar dos horas un sábado por la noche, para luego regresar abochornado al sopor de los domingos, con la marcha del pueblo combatiente en la televisión y la olla de tamales hirviendo en el patio.

1
Seis años pasaron desde que su padrastro la botó de la casa: ya hice todo lo que tenía pendiente contigo, lo que hagas con tu vida no es mi problema. Si no fueras tan mala podría quererte más.
Justo en esa semana me mudé al barrio, esa ronda de edificios que se hundía en cuatro metros de fango cuando caían tres gotas de lluvia. Dayana buscaba un sitio dónde posar sus miedos, su dolor de espalda y sus ronquidos, que ya eran famosos entre los pocos amantes atrevidos a confesarse como tal.
Conforme le aumentó la celulitis en las piernas, metió la cabeza en la capillita frente al parque y se inventó una historia fantasmal de cómo los compañeros de primaria siempre se burlaron de su bemba grande. El llanto le valió casa dos años más, hasta que desapareció de los debates y sólo las bolas humeantes que corrían de boca en boca me dijeron algo de su bebé muerto y del tumor que le crecía bajo la panza.
No sé dónde vivió Dai todos esos años, creo que en casa de Mario, supongo que escondida entre las cajas de cartón sucias del jardín. Una vez me la encontré quejándose del buen clima con Fernando, el lechero.
- Cuando el huracán Flora dieron asilo en los albergues más de dos semanas y ahora con el cochino periodo especial nada más pasa el airecito te tiran para afuera con esa mierda de que los niños tienen que regresar a clases y las escuelas no pueden servir de refugios por más de cuatro días.
- Oye Dai, pero de qué te quejas si tú nunca vas a las reuniones del comité y la gente no sabe ni a qué cuadra perteneces. Nadie puede responderte si eres una vaga que le robas chispa de tren a los borrachos de toda la vida, que mal que bien tienen ganado su puesto por derecho de años.

2
Yo le caía bien, lo sé porque siempre dejaba de toser cuando yo pasaba junto a ella. Es que ella era cochina, de verdad cochina, y nunca supe cómo podía tener los dientes tan blancos y parejitos, si cada día estaba más gorda y más prieta.
Pero no me gustaba por cochina, ni por negra, sino porque era la que mejor abría los mangos verdes y sé que había comido más que todos nosotros y nunca le dio tifus, aunque no la vacunaron. Me gustaba y se lo dije.
Ya mi mamá sabía que a mí me gustaban las mujeres y de todas formas yo soy blanca, mi abuelo era español de pura cepa. Lo que me dijeran no importaba, para eso somos un país socialista, ¿no?, para preocuparnos por los pobres, los negros y los maricones.

4
Yo de verdad que estaba dispuesta a todo por Dayana, me imaginé muchas veces su piel durita llena de sudor en la cocina, o cuando nos despertáramos abrazadas y le acariciara la cara lisa y el pelo enroscado.
Dayana tenía unas manos de envidia y desde que no le hacían caso en el barrio yo sé que estaba considerando lo nuestro. Como tres veces la vi como me perseguía a lo lejos, la dejaba porque estar con alguien es una decisión difícil, mi negrita tenía que tomarse su tiempo.
Lo que nunca me imaginé es que saldría con esa mierda.
- Lo siento, querida, quiero estar con Mario porque es el padre del hijo que perdí, además es médico y puede curarme el tumor.

Por eso sé que no me van a meter presa, la Directora siempre nos dijo que los negros de grandes sólo sirven para policías y guardias a la entrada de las discotecas.
Nadie sabrá que está muerta. La harán en Europa o en un hospital de provincia, donde no importa si eres negra o blanca, porque todos son igual de pobres.
Mario ni ha preguntado por ella, además quien va a pensar algo de mí, la mongólica del barrio. Nadie más que mis manos temblando sabrá cuanto tiempo lleva Dayana con la cabeza incrustada contra la tubería de agua que viene del centro de La Habana, mucho menos entenderán ese color rojizo que a veces tiene el agua cuando sale del grifo.