
Sé que la ciudad tiene la derecha pegada a las aceras como mantequilla de maní. El chino tiene razón, no tiene sentido sacar a pasear al perro. La mayoría de las mujeres tienen el trasero bien instalado en el asiento delantero de su auto, así que la esperanza de la conquista se reduce a las horas de recoger los cheques, el Internet o las colas del banco. Los niños se duermen con la amenaza: si te portas mal descarrilo el auto en el lago que pasa junto a la carretera. ¿Y las mariposas? ¿Y la temperatura? Es fácil. A la hora de vestirme saco la mano por la ventana de mi cuarto y sé entonces si hay frío o calor afuera, aunque también es fácil verlo en el noticiero de las cinco y media. Las mariposas tienen una estación de luto, sólo se ven en casos desesperados. Las mariposas son polvo, los autobuses son automáticos y la temperatura es cibernética. Lindo. Por supuesto, a veces también hay frío, pero no tanto como para impedirme orinar en los estacionamientos, claro, sin que falten los anuncios de McDonald’s y las cervezas de importación. Y a todo esto da igual amar el movimiento de un auto a las dos de la mañana en LeJeune Road o en el caminito de curvas a Puente Moreno. O no da igual, y por eso duele tanto mirar el celular en la mañana y descontar los días, uno a uno, como migajas de una mandarina que se pudre en el fondo del saco. Las avenidas son anchas, uno respira y el aliento se despliega, uno abre el diafragma y en la foto caben tanto un Honda como un Lamborgini. A veces pienso que mi alma es un barrido de tango, una canción que Gardel no alcanzó a componer. Ayer supe cuando cubrí mi vida de píxeles. Moví toda la imagen, deshice toda la teoría fotográfica, yo no quería nada en esa imagen, más que el color o los colores, y sin embargo, ahí estaba su guitarra, inerme, insustituible. Por eso supe una vez que ese hombre era un brujo, que el misterio me atraía porque podía convertir esta ciudad en una izquierda potente, militante incluso. Yo quiero jugar a la Rayuela, pero alguien me robó el número, y no encuentro combinación que me convenza. ¿Qué soy? Bruja, Maga de nuevo, chiquita, corazón coraza? ¿Alguien más notará que esta ciudad se hunde? ¿Alguien sabrá que nació para que la hundiera el rencor, que se acumula con todas las despedidas y las llegadas de los vuelos y las balsas y los caminantes y los autobuses fronterizos? ¿Quién respira en una ciudad fundada sobre el odio de otras muchas, esas amantes irreparablemente orgullosas, que reciben pero no reclaman de regreso a quienes huyeron buscándose, para perderse ahora entre las avenidas anchas? No tiene caso sacar a pasear al perro, y las mariposas, quizás indiquen, de una forma extraña, la temperatura.