noviembre 10, 2009

Imágenes de mi Habana: "Venceremos" 2/3


Abuela perteneció en los años cuarenta a una de las familias más potentadas de Ciego de Ávila, una provincia en el centro de Cuba. Eso lo sabemos por un recorte de periódico que encontramos de cuando mis bisabuelos se casaron, era una nota social en que se observaba un juego de anillo, con aretes y collar de zafiros que él le dio a ella como regalo de bodas. Además, hace pocos años mi tía visitó lo que en aquellos tiempos era el café Le Grand Paris, propiedad y sustento de la familia, hoy una escuela secundaria en el centro de la ciudad de Ciego.
Cuando murió el padre de mi abuela todos los hijos se fueron a La Habana, rentaron una casa grande en la Calle Cuba y comenzaron a trabajar sin dejar, claro, de asistir a clubes sociales, eventos de etiqueta y comportarse como los "juniors" que alguna vez habían sido.
En esos trances andaban cuando triunfó la Revolución. Una de las hermanas, Hilda, ya se había ido a vivir a Estados Unidos, pues se había enamorado de un norteamericano a inicios de los cincuenta, para descrédito ante la familia, que no veía bien los matrimonios con extranjeros. Otros tenían cargos altos en compañías americanas en la isla, como la de teléfonos y electricidad. Mi abuela ya por entonces se enrolaba orgullosamente como jefa de perfumería de la fina tienda La Época, donde, según me contaba cuando yo era niña, negociaba con árabes que viajaban hasta Cuba para ofrecer sus aromas, y vendía esencias a las principales figuras de la élite cubana. En alguna forma, claro, ella portaba aún esa clase que antaño le habían enseñado en el seno familiar. Rentaban una propiedad horizontal en Centro Habana, se había casado a los treinta años para no desperdiciar juventud con un matrimonio y usarla en vez para las fiestas y los viajes, cada una de sus hijas tenía su nana.
En eso triunfa la Revolución. Sus hermanos se fueron al norte, como ella siempre insistió en llamarlo. Sólo quedaron en Cuba una tía soltera, María, su mamá y ella, con el esposo y las tres hijas. Dejó de escribirse con su familia porque le habían dado la espalda al proyecto revolucionario, cambió la ropa de etiqueta por pantalones mezclilla y decidió inscribir a una de sus hijas en la escuela militar Los Camilitos, a otra mandarla a la Vocacional Lenin y ella misma despedir a las nanas, ponerse a trabajar en una fábrica de flores y hacerme miembro del Partido Comunista de Cuba.
Vivió en la misma casa que entonces rentaban, la cual hicieron suya por un módico precio, en pagos, como casi todas las propiedades de esa época, hasta que cedió su lucidez. No viajó nunca más al extranjero, leyó tanto como para conocer el mundo sin necesidad de hospedarse en otros sitios. Nos heredó a sus cinco nietos el mismo silloncito de madera que entonces tenían en la sala, realizó en sus casa reuniones del Partido hasta que la catarata y la fractura de cadera vencieron su entusiasmo, y jamás la vi realizar crítica alguna al sistema socialista, o alguna de sus prácticas.
Temí en este viaje reciente a La Habana que la vejez y la demencia hubieran acabado con esa consistencia, quizá para algunos cerrada y esquemática, que sustentó la vida y el pensamiento de mi abuela. Constaté, con alegría en lugar de nostalgia, que su menté ya desvaría demasiado. Sólo se acordó de mi nombre un momento de los ocho días que estuve en su casa, a mi madre sólo la mencionaba de paso, confundiéndola con ella misma o con una hermana, en lugar de su hija menor. Pero en las tardes, cuando le preguntaba por su esposo, me contestaba airosa que se llamaba Fidel Castro Ruz. ¡Es comunista hasta la muerte! decíamos entre risas.
Y cuando me acercaba a su oído, en los momentos en que parecía que ya no oía nada, le gritaba: Patria o Muerte, y respondía: venceremos.
A mí esa frase me hacía vibrar profundamente cuando era niña, incluso ahora, cuando en el calor humano que arrasa una manifestación escucho a la gente replicarla siento la fuerza de quien se une a una causa, de quien se aferra a vivir con lo que piensa. Mi consistencia es distinta, he comenzado a ver cráteres en el rostro de mi tierra, he comenzado a dejar de escuchar esta frase y verla en un papel, con tinta roja, como el color del poder y la determinación de las ideas sobre el otro, que no necesariamente no las comparte, sin que deje por ello de vibrar con las palabras.
Mi consistencia flaquea entonces, y ahora sí veo con nostalgia a mi abuela y su vejez me produce la tranquilidad de que ella morirá aún con la entereza de no ver sus ideas eclipsadas, sin esta sensación de corcho que me produce pensar y hablar sobre Cuba, sin esta negatividad que percibo en ambas partes que no dialogan sin atacar al contrario, en que lo contestatario se vuelve automáticamente "mercantil", en que lo cotidiano se acusa de caricatura, en que uno duda de que está viendo correctamente, porque el cristal siempre está empañado por otros, que nada saben o sienten y cuya opinión nos parece a veces más clara y simple, por ajena.
Comienzo a preguntarme si mi inconsistencia es el palpitar de mi tiempo, si soy sólo una más de las confusas, que dentro y fuera, luchan cada día por tener una opinión justa de mi tierra y su presente. Y me respondo que, quizá, es ése el precio de la parcialidad que da un espacio de publicación como éste, que existimos en la red para expresar la duda y la inconsistencia, la confusión y la sorpresa, más que la verdad, la determinación, la certeza. Tendremos por cierto, quizá muy pronto, que estas formas alternas de pensamiento son los ganchos más fuertes para anclarnos con el otro, que quizá también tuvo alguien, o tiene, que aún demente sigue gritando: venceremos.

3 comentarios:

Charly dijo...

muy emotivo tu post, no digas más que estudias periodismo: tú eres periodista...

Peniley Ramírez dijo...

Charly:

Gracias, besito de regreso

Anónimo dijo...

interesante tu blog, cai en el gracias al oleaje de google.

sería bueno que plasmaras tu opinión sobre Castro y su labor como el último revolucionario sobreviviente.