Le debía este post a mucha gente, así que aquí va, desde este encierro con sabor a jarabe para la influenza y los recuerdos de La Habana, que se reinventan.
La Habana es una de las únicas partes totalmente ciertas de mi vida. Por eso es que no podía dormir los días previos, por eso el que Carlos fuera conmigo se revestía de un halo más importante, por eso ver a abuela, cosida a la ciudad desde que tengo memoria, era de una dimensión colorida y violenta para mí.
Llegamos al sabor ocre de los octubres de mi tierra y, al llegar, me asaltó la misma palabra de siempre: desenfado. El aeropuerto tenía como siempre esa mezcla de miedo y lujuria que proyecta la capital. Me gustó más que Carlos estuviera ahí, para que el recuerdo fuera totalmente mío, sin tener que adobarlo para contárselo después.
1/3
Vamos al jamón. Temblaba como un papel cuando recogí mi pequeña maleta de 24 kilos y medio, de la estera para equipajes desde México. Un tipo de al menos dos metros señalaba nuestra otra maleta (la otra, la de la comida, con un enorme asterisco azul pintado en la etiqueta) y decía: ésa está repleta, no dejen que se les vaya. Desentendida, caminé lo más derecha que pude sin ver a mi esposo quien, ya alistado en los menesteres de la Aduana de Cuba, me miraba de reojo para que no nos pasaran juntos a la revisión del peso para pasajeros cubanos.
Me dispuse a la salida como quien no quiere la cosa, aunque me regresaron a buscar un carrito y dirigirme a la zona de escrutinio de los 30 kgs permitidos para nacidos en mi isla. Ya me habían advertido que este peso era de 30kgs sin importar que la aerolínea permitiera 50kgs por pasajero, pero lo que no me habían dicho era que también pesaban mi equipaje de mano.
En un hilo acomodé ambos equipajes en la pesa cuyo resultado fue: exento de pago. Suspiré. Mi bolsa de mano no excedía el peso. Ya casi salía del trance cuando vieron que mi talón de equipaje no decía mi nombre sino otro: Carlos Cerdán. Aún temerosa de que vieran que era mi marido, dije que debía ser una equivocación porque todos los pasajeros rumbo al Congreso de Felafacs en el Palacio de las Convenciones habíamos documentado juntos en el Distrito Federal. Pasé otra prueba y ya con talón en mano me moví feliz, ya por otro pasillo, hacia la salida donde esperaban mi tía y mis amigas.
Pero no era todo. Detuvieron a Carlos por el asterisco en la etiqueta y lo mandaron a "revisión sanitaria". Enojado, desvió el carrito y tuvimos que esperarlo afuera, bajo advertencia de los presentes de que le cobrarían al menos doscientos CUC de exceso de equipaje por traer comida para mi familia.
Aquí la parte que él relata: abrieron la maleta, tocaron todo lo que venía sellado y en la parte que estaba envuelta en la toalla sintieron algo frío, el jamón. "Tengo que retirárselo, señor, es por restricción sanitaria debido a la influenza porcina".
Era un jamón de seis kilos, de pavo y sellado al vacío, que traíamos a mi abuela por su cumpleaños. Era un jamón corriente, simple, sin gran añejo, proveniente de una finca en Veracruz casi desconocida. Era un jamón que se adquiere en la tienda de la esquina de mi casa por $30 el kilo. Sellado al vacío, bajo las normas de ingreso de comida a cualquier país del mundo.
No le cobraron nada, dicen que por su pasaporte decía Estados Unidos Mexicanos.
Y me pregunto, ¿de dónde salen estas reglas? ¿Por qué debemos pagar por ingresar víveres que el gobierno no ha surtido en las tiendas, por qué nos limitan por cosas que aún con dinero y por los motivos que sean en la isla no se pueden comprar? Esto no tiene nada de político, es más un caso de burocracia y, si me permiten, tontería. No es Cuba ni remotamente el único país del mundo donde los que viven en el extranjero mantienen parte del núcleo familiar. Ni es tampoco quien impone los reglamentos internacionales de protección sanitaria. Lo que pasa es que se dan armas para que el empleado de Aduanas, ciudadano de a pie con las mismas necesidades que mi abuela, se le antoje con toda razón 12 libras de jamón de pavo.
Y esas armas debe ponerlas el gobierno, no dejarlas al albedrío de un empleado cuyas necesidades y aspiraciones tampoco han sido totalmente cubiertas.
Es, como dirían en mi casa, como esperar que dure un merengue en la puerta de un colegio.
La Habana es una de las únicas partes totalmente ciertas de mi vida. Por eso es que no podía dormir los días previos, por eso el que Carlos fuera conmigo se revestía de un halo más importante, por eso ver a abuela, cosida a la ciudad desde que tengo memoria, era de una dimensión colorida y violenta para mí.
Llegamos al sabor ocre de los octubres de mi tierra y, al llegar, me asaltó la misma palabra de siempre: desenfado. El aeropuerto tenía como siempre esa mezcla de miedo y lujuria que proyecta la capital. Me gustó más que Carlos estuviera ahí, para que el recuerdo fuera totalmente mío, sin tener que adobarlo para contárselo después.
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Vamos al jamón. Temblaba como un papel cuando recogí mi pequeña maleta de 24 kilos y medio, de la estera para equipajes desde México. Un tipo de al menos dos metros señalaba nuestra otra maleta (la otra, la de la comida, con un enorme asterisco azul pintado en la etiqueta) y decía: ésa está repleta, no dejen que se les vaya. Desentendida, caminé lo más derecha que pude sin ver a mi esposo quien, ya alistado en los menesteres de la Aduana de Cuba, me miraba de reojo para que no nos pasaran juntos a la revisión del peso para pasajeros cubanos.
Me dispuse a la salida como quien no quiere la cosa, aunque me regresaron a buscar un carrito y dirigirme a la zona de escrutinio de los 30 kgs permitidos para nacidos en mi isla. Ya me habían advertido que este peso era de 30kgs sin importar que la aerolínea permitiera 50kgs por pasajero, pero lo que no me habían dicho era que también pesaban mi equipaje de mano.
En un hilo acomodé ambos equipajes en la pesa cuyo resultado fue: exento de pago. Suspiré. Mi bolsa de mano no excedía el peso. Ya casi salía del trance cuando vieron que mi talón de equipaje no decía mi nombre sino otro: Carlos Cerdán. Aún temerosa de que vieran que era mi marido, dije que debía ser una equivocación porque todos los pasajeros rumbo al Congreso de Felafacs en el Palacio de las Convenciones habíamos documentado juntos en el Distrito Federal. Pasé otra prueba y ya con talón en mano me moví feliz, ya por otro pasillo, hacia la salida donde esperaban mi tía y mis amigas.
Pero no era todo. Detuvieron a Carlos por el asterisco en la etiqueta y lo mandaron a "revisión sanitaria". Enojado, desvió el carrito y tuvimos que esperarlo afuera, bajo advertencia de los presentes de que le cobrarían al menos doscientos CUC de exceso de equipaje por traer comida para mi familia.
Aquí la parte que él relata: abrieron la maleta, tocaron todo lo que venía sellado y en la parte que estaba envuelta en la toalla sintieron algo frío, el jamón. "Tengo que retirárselo, señor, es por restricción sanitaria debido a la influenza porcina".
Era un jamón de seis kilos, de pavo y sellado al vacío, que traíamos a mi abuela por su cumpleaños. Era un jamón corriente, simple, sin gran añejo, proveniente de una finca en Veracruz casi desconocida. Era un jamón que se adquiere en la tienda de la esquina de mi casa por $30 el kilo. Sellado al vacío, bajo las normas de ingreso de comida a cualquier país del mundo.
No le cobraron nada, dicen que por su pasaporte decía Estados Unidos Mexicanos.
Y me pregunto, ¿de dónde salen estas reglas? ¿Por qué debemos pagar por ingresar víveres que el gobierno no ha surtido en las tiendas, por qué nos limitan por cosas que aún con dinero y por los motivos que sean en la isla no se pueden comprar? Esto no tiene nada de político, es más un caso de burocracia y, si me permiten, tontería. No es Cuba ni remotamente el único país del mundo donde los que viven en el extranjero mantienen parte del núcleo familiar. Ni es tampoco quien impone los reglamentos internacionales de protección sanitaria. Lo que pasa es que se dan armas para que el empleado de Aduanas, ciudadano de a pie con las mismas necesidades que mi abuela, se le antoje con toda razón 12 libras de jamón de pavo.
Y esas armas debe ponerlas el gobierno, no dejarlas al albedrío de un empleado cuyas necesidades y aspiraciones tampoco han sido totalmente cubiertas.
Es, como dirían en mi casa, como esperar que dure un merengue en la puerta de un colegio.
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