agosto 22, 2007

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Nada me fatiga en este oficio de minúsculas. Me encanta este vacío de la casa después de un día entero de mirar por la ventana. Si no fueran las responsabilidades y la preocupación de estar haciendo nada, creo que no gozaría tanto de esta sensación de octubre, con el vacío de lunas griegas a pleno agosto.
Yo no sé nada de la evolución de mis poemas.
Yo sólo soy la copista, la artesana que ve desde fuera lo que está sucediendo con mis versos. Cuando un poema se levanta de nivel y decide emerger solemne, yo lo dejo. En realidad sólo me interesa morirme, ser lo suficientemente irónica como para que alguien me entienda.
Mis familiares dicen que escribo poesía vanguardista. Mis conocidos dicen que evoluciona, que dejo mis influencias y trato de ser más yo. A mí no me queda nadie para leerme. Mi marido estará de acuerdo con todo lo que le escriba, por supuesto, mientras no sea que me quiero librar de él. A mis enamorados les conviene que los ignore, eso les da material para escribirme. Y nada de eso me importa sino que Alejandra, o Sylvia, si estuvieran vivas, nada les interesaría de mi cuerpo, o quizá sólo mi cuerpo. Al contrario de ellas, me miro al espejo y me gusto, pero me siento a leer y todo me parece bajo, digno de quemarse en la primera fosa común que me encuentre cuando salga. Pero no salgo, y las fosas comunes ya se extinguieron hace mucho en este país.
Un viejo amigo dice que cada día escribo mejor, y a mí me retumban en los oídos las palabras de los escritores, o la cifras de publicaciones basura alrededor de la red.

1 comentario:

Antonio Mundaca dijo...

uno repite individualmente el proceso de la especie humana, su historia.Hay mucha más sensibilidad que inteligencia razonante; la razón es una maquinita que entra en acción después solía decir Córtazar.


Yo a veces le creo.